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{2011/08/16}   Memorias de ultratumba

Memorias de ultratumba

François-René de Chateaubriand

ISBN 978-84-96489-32-5

2846 páginas

Febrero de 2006

Ediciones Acantilado

 

¡Por fin! Me ha llevado seis meses leerme esta monumental obra. Voy a confesar que no es que sea lento leyendo o que sea un adoquín ilegible, la cuestión es que me he tomado mi tiempo leyéndolo, no lo he hecho de corrido ya que mis obligaciones hacían que lo alternara con otras lecturas, aunque bien es cierto que ha venido muy bien descansar los ojos con otras historias. Pero ahora sí que puedo decir que en mi haber está ésta imprescindible lectura.

El vizconde bretón François-René de Chateaubriand (1768-1848) fue uno de los personajes populares de su época. Su trayectoria literaria (que abandonó relativamente joven) influenció sobre muchas generaciones y ha sido nombrado como inspirador del romanticismo del siglo XIX. Su trayectoria política pasa por una defensa de la libertad de expresión al tiempo que era considerado un ultramonárquico tal y como se podrá observar en buena parte de las páginas que completan estas memoria, en un tiempo en el que el Estado Francés era una tormenta política.

El mayor valor de estas Mémoires de outre-tombe es el testimonio de un hombre que vivió una época turbulenta, la que transcurre desde el final de una época, el del Antiguo Régimen que siguió a la Edad Media, marcado por la Revolución Francesa, y el de todas las formas de gobierno habidas posteriormente: Asamblea, Convención, Directorio, Consulado, Imperio, Restauración monárquica y la monarquía orleanista instaurada con la revolución de julio de 1830. Un único suceso que vivió es el que no viene lamentablemente en sus memorias: el de la revolución de 1848, que llevó la caída de la monarquía y la instauración de la Segunda República francesa, con un programa inicial socialista que dio mucho que hablar. Si esta revolución fue en febrero, Chateaubriand aún viviría unos meses más como para haber dejado testimonio.

Se ha dicho mucho entorno a sus memorias. Pobre como vivió durante mucho tiempo (en 1830 al negarse a jurar lealtad a Luis Felipe terminó su carrera política y pasó mucho tiempo acuciado por las deudas) se vio obligado a vender la publicación de las memorias que había comenzado a redactar en 1811 por una pensión anual. La única condición que debió poner fue su publicación póstuma, algo que no fue respetado con el cambio de propietarios de los derechos y que contrarió al autor. Se cuenta que le pidió a su mujer que las hiciera desaparecer a su muerte.

La extensión de estas memorias va desde la historia familiar hasta 1836, fecha en que murió el último rey gobernante que defendió, Carlos X. Se han hecho diversas ediciones de estas extensas vivencias (que consta de cuarenta y dos libros o partes), pero probablemente la mejor edición en castellano es la presentada por la editorial Acantilado, inspirada por la edición francesa de 1989 a cargo de Jean-Claude Brechet, repleta de textos complementarios, fragmentos suprimidos por Chateaubriand y con ingente cantidad de notas. Acantilado hizo dos ediciones, una de dos tomos (entorno a los 85 eurazos) y la de “bolsillo” (en una caja de cuatro tomos y a 39 eurazos). Yo me he valido de ésta última edición que es tal vez la que mejor define las distintas etapas del escritor.

El primer volumen transcurre desde los orígenes familiares hasta la instauración del Consulado de Napoleón. En ella veremos desde el principio la situación de las memorias: al ser escrita durante treinta años, ha pasado por distintas fases y lugares.

En esta primera se me antoja un grado de humildad en algunas casos incluso excesiva, tal vez fruto de que en 1811 su trayectoria política apenas estaba perfilada. Aquí le veremos sucesivamente considerarse como algo insignificante y desde un punto de vista catastrófico (sobrevivió a un naufragio volviendo de América en las costas bretonas y fue herido gravemente en la guerra contra la Francia revolucionaria). Conocemos la curiosa historia aristocrática de Bretaña, donde la progenie recibe una cantidad cada vez menor de tierras y herencia según el orden de nacimiento y respecto a su padre (de ahí el título de vizconde). De joven ingresará en la armada, en el Regimiento de Navarra y conocerá al rey Luis XVI. Se encontrará en medio de la vorágine de la Revolución Francesa y participará en la Asamblea Nacional, reclamando una monarquía constitucional. Forzado por el impulso revolucionaria (la época del terror está a punto de llegar) huye a América librándose del trágico destino que le esperaba a prácticamente toda su familia.

La crónica de sus viajes por Estados Unidos son dignas de leer, con un vocabulario prolífico y unas descripciones fascinantes y cautivadoras que demuestran la cualidad que le hace titular de precursor del romanticismo.

Regresa a Europa cuando tiene noticia de la decapitación de Luis XVI y se alista en la armada de emigrados realistas contra el ejército revolucionario francés. Vencidos, Chateaubriand contará como es gravemente herido en la batalla de Thionville y como logra in extremis llegar a Inglaterra donde subsiste merced a sus primeras obras y ejerciendo de profesor de francés. Reseñable su análisis de los diez años de la Revolución, que concluyen con el golpe de estado de Napoleón el 18 de brumario del año VIII (9 de noviembre de 1799).

El segundo tomo es el que mayor interés suscita de entre los cuatro. Parte de 1800, año en que con identidad falsa retorna a Francia. En esa época conoce al Primer Cónsul, léase Napoleón, y recibe sus elogios por el recién publicado El Genio del Cristianismo que ayudó a reimpulsar el catolicismo tras unos años en los que la Revolución abolió la religión. De esa época son también obras como Les Natchez, Atala o René.

Debido a la idolatría que profesa hacia Napoleón (quien tras los turbulentos años había establecido un férreo gobierno) se muestra inicialmente partidario y acepta un puesto de secretario en la embajada de Roma, y posteriormente el de ministro plenipotenciario en La Valais. Esta admiración terminaría pronto, cuando es asesinado el duque de Enghien para eliminar una posible restauración borbónica. Dimite de sus cargos y se tornará en detractor, aunque se pasa una larga temporada de viaje por los pueblos del Mediterráneo, Grecia, Turquía, Palestina, Egipto, hasta volver al Estado francés cruzando el español. Publicaría un conocido libro de estos viajes, motivo por el que aquí menciona poco, pasajes no publicados y otras rarezas, como el diario de su criado.

Sobresaliente su relato del período del Imperio Napoleónico, donde prácticamente tuvo Europa entero a sus pies sin apenas contratiempos, hasta su llegada a una Moscú calcinada. Desde entonces llegaría su lento pero paulatino repliegue y hundimiento hasta verse forzado en 1814 a abdicar una vez que las fuerzas rivales habían ocupado París. Sería confinado en la isla de Elba de la que no saldría hasta su fuga en 1815 llegando a París a proclamar nuevamente el Imperio.

En ese intervalo se restaura la monarquía borbónica en el Estado francés, regido por el hermano de Luis XVI, Luis XVIII (entre ambos, durante la Revolución, fue rey titular, que no regente, el hijo del primero, denominado Luis XVII, que moriría en prisión con diez años). Chateaubriand fue su ministro en ese período, pero debido a la mala reputación de la restauración monárquica, el pueblo abre las puertas al retorno de Napoleón. Chateaubriand propondrá al rey quedarse en París para hacer frente al emperador, pero huye a Gante, y con él nuestro protagonista.

Al final del tomo nos encontramos con el denominado período de los Cien Días desde dos perspectivas: el de los aproximadamente cien días que volvió a gobernar Napoleón hasta su derrota final en la batalla de Waterloo (época en la que trató de dar ciertas libertades para ganar legitimidad); y el de los exiliados monárquicos de Gante. Concluye con los últimos años de Napoleón. Resumiendo, el mayor interés suscita el tratarse de una colosal biografía de Napoleón dentro de su autobiografía.

El tercer tomo abarca la restauración borbónica, desde 1815 a 1830 y que constó de dos reyes, los hermanos Luis XVIII (1815-1824) y Carlos X (1824-1830).

Aquí conocemos en su total extensión al Chateaubriand político, donde fue Par en la Cámara del Senado donde haría discursos tanto a favor de la libertad de expresión, como de una monarquía más severa (Luis XVIII era considerado como moderado), académico del Institut, embajador en Londres y Berlín y, finalmente, ministro de Asuntos Exteriores con el primer monarca hasta verse forzado a dimitir tras la guerra con el Estado español.

Cuando fallece Luis XVIII le sucede su hermano Carlos X, quien tiene pretensiones absolutistas. Si bien llega a ser su embajador en Roma, no sería muy del gusto de Chateaubriand, quien le hace una dura crítica a favor de las libertades constitucionales en un conocido folleto (La Monarquía según la Carta). Irónicamente, en la revolución de julio de 1830, originada por un edicto restrictivo del rey, los revolucionarios lo llevan en brazos hasta donde están reunidos los futuros dirigentes franceses. Luis Felipe le pide consejo, una vez han abdicado tanto Carlos X como su hijo Luis (razón por la cual los legitimistas lo llamaron Luis XIX, pues aseveraban que para abdicar hay que ser rey) para ver que debían hacer. Chateaubriand le sugiere que haga como en su día hizo su propio ancestro, el duque de Orleans, que fue regente durante la minoridad de Luis XV, e hiciese lo mismo a favor del nieto de Carlos X, Enrique. Pero Luis Felipe quería ser rey. Cuando Luis Felipe I es designado monarca se les pide jurar su lealtad a los Pares del Senado, algo que rechaza Chateaubriand, quien solo reconoce o bien a Carlos X o en su defecto al que debiera ser Enrique V. Ahí acaba su trayectoria política y el tercer tomo. Se me ha hecho pesado, especialmente porque pasa de un lenguaje humilde a otro en cierta medida soberbio, pues este tercer volumen está plagado de frases del tipo “yo, yo, mi… mi, mío, yo”. Parece que Francia sin él no existió.

El último tomo llega hasta la muerte de Carlos X. Se diferencia del resto en que mientras aquellos estaban escritos desde la distancia, éste último es el diario escrito inmediatamente a los hechos que describe. En el veremos los intentos legitimistas de desbancar la monarquía orleanista. Una de las mayores instigadoras es la duquesa de Berry, madre de Enrique, que llega a proponer a Chateaubriand ser el líder del gobierno en la sombra, debido a la lealtad a su vástago. Este declina la oferta, lo que no impide que, al igual que la duquesa, pase un breve periodo apresado. Posteriormente la duquesa le pedirá que interceda por ella ante Carlos X, en su exilio de Praga y así leeremos sus últimos viajes, hacia Praga, el retorno a París, a Venecia, y de nuevo a Praga. Vuelven a sobresalir sus descripciones viajeras.

El tomo concluye con el resumen de su vida y el de cien años de una civilización, donde sus adversarios, especialmente los de izquierda, son ridiculizados al calificar de imposibles sus pretensiones de impulsar una sociedad justa e igualitaria, y su reflexión de que el cristianismo es el único pensamiento válido en el mundo, además de ser el único justo en su opinión. Sin comentarios.

En cualquier caso, esta obra es colosal. Si eres una lectora empedernida lo podrás engullir de una tacada y mucho más rápido que yo, pero sino recomiendo su lectura pausada pues, si bien no es alguien políticamente de mi predilección, su fresco de la Francia revolucionaria es demoledora. Los restos de este singular hombre descansan en la isla de Grand Bé de su Saint-Malo natal, a la que sólo se puede acceder en marea baja. Tiene que ser un bonito lugar…



Utzi erantzun bat

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